jueves, 17 de septiembre de 2015

LOS CLONES DEL DOCTOR FUNKENSTEIN


Imaginad la escena; un concierto de funk, una banda de ocho músicos dándolo todo con un groove irresistible; de repente una serie de haces de luces rasgan las alturas, del techo comienzan a salir columnas de vapor que se entremezclan con las luces y los láser: una nave espacial (sí sí, una nave) comienza a descender mediante unos ingeniosos artilugios que ríete tú de Roger Corman, y de ella sale un personaje con un abrigo blanco imitación de armiño, un indescriptible sombrero y unas horrendas gafas de sol; desciende de la nave nodriza, choca manos con los bailarines y entona aquello de “The bigger the headache, the bigger the pill”.

¿Ciencia ficción? No amigos, George Clinton en uno de sus múltiples alter egos en los 70, el Dr Funkenstein. George Clinton, que creó la figura del Dr Funkenstein en el disco de Parliament del 76 The Clones Of Dr Funkenstein; apenas seis meses después de publicar una obra maestra como Mothership Connection se sacó de la manga este relato de ciencia ficción ultra kitsch, del maestro galáctico del funk del espacio exterior, capaz de curar cualquier enfermedad con su gran pastilla (uuuh). El disco fue editado por el sello Casablanca, el sello de Kiss en los 70, menudos cachondos tenían que ser Neil Bogart y los suyos (Giorgio Moroder, Village People… ¿sigo?). En el preludio del mismo se nos advierte que el funk fue traído a la tierra hace milenios y encriptado en las pirámides de Egipto, hasta que los humanos desarrollásemos una actitud más propia para el contoneo. The Clones of Dr Funkenstein cuenta la historia del Elegido (el doctor himself, naturalmente) y su misión de clonarse en hermanos y hermanas con mucho groove. Vaya.




Desde la portada, inenarrable, con Clinton en una suerte de criogenización y maquillado a lo loco, y Bootsy Collins en primer término, con un mini casco que no logra domar su poderosísimo afro, con alitas brillantes y sacando culete. De fondo, el escenario de un laboratorio de serie z. Intentad mejorar eso, amigos. Y el contenido sonoro, pues qué os voy a contar. Funk muy laid-back, enérgico y elegante. A ver, los arreglos de vientos los hacen Fred Weley y Maceo Parker, los teclados Bernie Worrell y del resto se encargan Clinton y Collins. El disco adopta un tono menos politizado que su predecesor y con unas letras absolutamente demenciales en ocasiones; esta aparente frivolidad convierte a este artilugio en un caramelo irresistible, y como dice el último tema, ellos estaán "Funkin' for fun". 

No dejéis de echar un vistazo al video, una orgía de groove y disfraces imposibles. No sé si me gusta más el mega sombrero mejicano del guitarrista Michael Hapton o los pañales de Garry Shider.





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